Allí va mi último rasguño de felicidad, camina sola sin mirar atrás, por el dolor de las huellas, por el sabor insano de la pérdida, por el sentimiento que le recorre la garganta, y mi delicadeza se muere eternamente en los suspiros que raspan el nudo que se formó en la faringe, con la tenue sensación de pánico, con el torpe susurrar de una verdad incomprensible, con el perdón a cuestas y con la rabia acumulada en puños cerrados, en la mente un manojo de inflexiones e ilusiones degolladas por las palabras que no nos dijimos, por los abrazos que no nos dimos y por los besos que se quedaron colgados, a la espera de ese amanecer prometido.
Y la noche se dibuja triste y temblorosa, mi alma enganchada a la misma estrella, la que jamás había visto y que desde hoy no podré olvidar, el eterno malestar con las ramas atrincheradas en mis meditaciones, en los momentos escondidos en el sonido de un tambor errabundo, con sus melodías feneciendo en los recuerdos de caminitos atado a su hermosura, voy con mi cacofonía a cuestas, voy con el sombrero en las manos que ya no tengo, y los minotauros escapando del laberinto, huyendo de lo innombrable, nobles censurando mi apatía, erguidos como el guerrero que hoy mató mi mano, mi propio enemigo, mi condena, el castigo a la labor errante.
Allí va el último minuto en el que el eco de su llanto se suicida en mis delirios, el valor ganado, las heridas que sanarán sólo con su sangre, allí se retuerce el pasado en el que nos sentamos en la luna a contemplar la tierra, el tiempo en que pensamos que el final estaba escrito en el infinito, porque no reí cuando era feliz, ni lagrimearon mis ojos cuando lloraba. Comenzó la marcha de mi soledad, y esta vez no la veré volver, sin nada que decir ni que ofrecer, y se derramarán las gotas de dolor mezcladas con el humo de tu efigie, y transitará solitario el vagabundo por los valles de la impotencia, hasta que el viento borre la melodía triste de a más ver.
Y la noche se dibuja triste y temblorosa, mi alma enganchada a la misma estrella, la que jamás había visto y que desde hoy no podré olvidar, el eterno malestar con las ramas atrincheradas en mis meditaciones, en los momentos escondidos en el sonido de un tambor errabundo, con sus melodías feneciendo en los recuerdos de caminitos atado a su hermosura, voy con mi cacofonía a cuestas, voy con el sombrero en las manos que ya no tengo, y los minotauros escapando del laberinto, huyendo de lo innombrable, nobles censurando mi apatía, erguidos como el guerrero que hoy mató mi mano, mi propio enemigo, mi condena, el castigo a la labor errante.
Allí va el último minuto en el que el eco de su llanto se suicida en mis delirios, el valor ganado, las heridas que sanarán sólo con su sangre, allí se retuerce el pasado en el que nos sentamos en la luna a contemplar la tierra, el tiempo en que pensamos que el final estaba escrito en el infinito, porque no reí cuando era feliz, ni lagrimearon mis ojos cuando lloraba. Comenzó la marcha de mi soledad, y esta vez no la veré volver, sin nada que decir ni que ofrecer, y se derramarán las gotas de dolor mezcladas con el humo de tu efigie, y transitará solitario el vagabundo por los valles de la impotencia, hasta que el viento borre la melodía triste de a más ver.


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